viernes, 4 de julio de 2014

La adopción

            Varios años atrás una pareja tomó una gran decisión. Esta nació una tarde en la que Maria y Juan paseaban por su ciudad, Berlín. Se encontraban en una plaza inmensa. Pasaron por un camino de arbustos, el que los conducía a la salida de aquella plaza acompañado del sonido del cantar de los pájaros. Esas habituales caminatas duraban horas, aunque realizaban siempre el mismo recorrido, el paisaje seguía siendo admirable. El aroma a flores que se inspiraba por dentro y alrededor de ese lugar era reconfortante. Uno no podía pasar por allí sin quedarse un rato inspirando el dulce olor. Era un espacio que disfrutaban tanto adultos como chicos que correteaban, tan simpáticos, que provocaban que uno sintiera nostalgia por no poder unirse a sus juegos y no ser chicos una vez más. La pareja al acabar su trayecto pasó frente uno de los grandes centros de adopción de la ciudad. La entrada era estrecha, ya que un gran ventanal ocupaba gran parte del frente del establecimiento. Uno podía ver bebés durmiendo en pequeñas cunas o, los que eran mayores, jugando. No sé si fue un impulso, o una decisión premeditada, pero Maria tras varios minutos de observar entró.
      

     Ezra, fue el nombre elegido para el niño. Creció en una casa en el centro de la ciudad. Había cinco cuartos, uno designado a Ezra, otro de sus padres, los demás eran habitaciones de invitados y dos baños. El hogar era descomunalmente amplio para una familia tan pequeña. Él pasaba gran parte del tiempo en un colegio de jornada completa y cuando volvía a su casa pasaba gran parte de la tarde solo. 

  Años después lo que había sido una ciudad tranquila fue reemplazada por oleadas de problemas. Las calles estaban vigiladas por dos o tres policías por cuadra. Cuando se caminaba por estas las personas no levantaban la mirada. Solo se enfocaban en sus pasos. La plaza, dónde siempre había gente, se encontraba desolada, muchos de los árboles habían sido reemplazados por un gran estadio con una enorme bandera completamente roja con un círculo blanco y un símbolo en el. La verdad es que muchos de los espacios públicos habían sido reformados. Supuse que ese gran cambio afecto a tantas personas que no pudieron ver aquel espacio natural, y muchos otros, de la misma manera.

  Un día, María y Juan retiraron a Ezra del colegio unas horas antes de su salida. Pasearon por aquella plaza, hasta llegar a un gran edificio mientras el sol se retiraba lentamente hacia el este. Este mismo era blanco, ancho y con dos grandes puertas. Al entrar se cruzaron con un gran salón, repleto de sillas y cuadros perfectamente alineados. Ezra observó cada cuadro como si entendiera todo lo que significaban mientras sus padres hablaban con dos hombres robustos, que al parecer, no le llamaron la atención. En un instante se detuvieron los cuatro a mirarlo, él se acerco y escuchó a uno de los musculosos hombres agradecer y felicitar a los padres, asegurándolos de que tendrían grandes beneficios dentro de su trabajo en recompensa de su entrega. Ezra sintió una mano pesada pasar por su hombro. Un escalofrío recorrió por su cuerpo y se estremeció, mientras veía a sus padres alejarse de él.


Camila Carballido



Corrección:



     Varios años atrás una pareja tomó una gran decisión. Esta nació una tarde en la que Maria y Juan paseaban por su ciudad, Berlín. Se encontraban en una plaza inmensa. Pasaron por un camino de arbustos, el que los conducía a la salida de aquella plaza acompañado del sonido del cantar de los pájaros. Esas habituales caminatas duraban horas, aunque realizaban siempre el mismo recorrido, el paisaje seguía siendo admirable. El aroma a flores que se inspiraba por dentro y alrededor de ese lugar era reconfortante. Uno no podía pasar por allí sin quedarse un rato inspirando el dulce olor. Era un espacio que disfrutaban tanto adultos como chicos que correteaban, tan simpáticos, que provocaban que uno sintiera nostalgia por no poder unirse a sus juegos y no ser chicos una vez más. La pareja al acabar su trayecto pasó frente uno de los grandes centros de adopción de la ciudad. La entrada era estrecha, ya que un gran ventanal ocupaba gran parte del frente del establecimiento. Uno podía ver bebés durmiendo en pequeñas cunas o, los que eran mayores, jugando. No sé si fue un impulso, o una decisión premeditada, pero Maria tras varios minutos de observar entró. 
      
     Ezra, fue el nombre elegido para su bebé, el que criaron como si fuese propio. Creció en una casa en el centro de la ciudad. Había cinco cuartos, uno designado a Ezra, otro de sus padres, los demás eran habitaciones de invitados y dos baños. El hogar era descomunalmente amplio para una familia tan pequeña. Él tenía entre dos o tres niñeras cada día. A medida que fue creciendo se fue ocupando mejor de sí mismo y pudo convencer a sus papás de que no necesitaba tanto la atención de ellas, hasta llegar a que las despidieran. Él pasaba gran parte del tiempo en un colegio de jornada completa y cuando volvía a su casa pasaba lo que quedaba de la tarde solo. 

         Años después lo que había sido una ciudad tranquila fue reemplazada por oleadas de problemas. Las calles estaban vigiladas por dos o tres policías por cuadra. Cuando se caminaba por estas las personas no levantaban la mirada. Solo se enfocaban en sus pasos. La plaza, dónde siempre había gente, se encontraba desolada, muchos de los árboles habían sido reemplazados por un gran estadio con una enorme bandera completamente roja con un círculo blanco y un símbolo en el. La verdad es que muchos de los espacios públicos habían sido reformados. Supuse que ese gran cambio afecto a tantas personas que no pudieron ver aquel espacio natural, y muchos otros, de la misma manera.

           Una tarde María tardó horas en llegar a su casa después del trabajo, ya que primero iría al supermercado. Cuando entró se vio inmersa en una situación fastidiosa tanto para ella como para los presentes. Un hombre, de mediana edad, y tez morena se encontraba comprando. Algunos de los espectadores se vieron horrorizados, y otros, en cambio, como María no sabían si se horrorizaban más por el coraje de aquel sujeto de ir a comprar como si fuese uno más, o,  por lo que pasó después. Un grupo de militares irrumpió el supermercado y castigo a aquel individuo a latigazos. María a pesar de la violenta situación se sintió protegida. Este sentimiento se hizo tan profundo que creció su admiración por aquellos militares. Al llegar a su casa, cuando encontró a su hijo mirando televisión, se sintió realmente incómoda.
       Este tipo de situaciones las presenció tantas y tantas veces, algunas acompañadas de su esposo, hasta sentirse dispuesta a tomar la decisión que creía correcta.
     Un día, María y Juan retiraron a Ezra del colegio unas horas antes de su salida. Pasearon por aquella plaza, hasta llegar a un gran edificio mientras el sol se retiraba lentamente hacia el este. Este mismo era blanco, ancho y con dos grandes puertas. Al entrar se cruzaron con un gran salón, repleto de sillas y cuadros perfectamente alineados. Entre otros detalles, lo típico que uno ve cuando entra a una oficina. Sus padres hablaban con dos hombres robustos, que al parecer, no le llamaron la atención a Ezra, o no tanto como los cuadros de aquella secretaría. En un instante se detuvieron los cuatro a mirarlo, él se acerco y escuchó a uno de los musculosos hombres agradecer y felicitar a los padres, entregando un gran sobre marrón. Ezra sintió una mano pesada pasar por su hombro. Un escalofrío recorrió por su cuerpo y se estremeció, mientras veía a sus padres alejarse de él.
        Aquel dinero pudo satisfacer el gran deseo de María y Juan, un viaje al exterior en sus vacaciones.



La lectura inconclusa

Doce años tenía Bernardo cuando, sin entender bien por qué, aquella fría mañana 1935, su madre le dijo que no iría a la escuela. Ni esa mañana, ni ninguna otra.
Para él, la escuela era su lugar en el mundo, el lugar donde, durante algunas horas, se convertía en miles de personajes diversos y exóticos, que lo llevaban a fantasear y viajar imaginariamente a situaciones en las que su realidad de pobreza no existía. Los libros le permitían transformarse en un héroe, un corsario, un guerrero, un príncipe…  y ser el protagonista de increíbles aventuras donde siempre los finales eran felices.
No era fácil ser judío en esos tiempos y  vivir en una Alemania convulsionada, enferma de venganza y resentimiento. Bernardo, a pesar de su corta edad, ya conocía bastante de las miserias humanas porque a diario sufría la discriminación a la que su gente era sometida. Ya no podía viajar en transportes públicos;  su maestra más querida, la que le había inculcado el amor por la lectura, ya no estaba ese año en la escuela, por ser judía;  y su padre, por el mismo motivo,  había sido despedido del ministerio hacía  un año. Con los ahorros de toda la vida, había logrado abrir un negocio de venta de telas. Pero aún así, nada era sencillo. El boicot a los comercios judíos hacía muy difícil la vida de su familia, sobre todo desde que habían tenido que acostumbrarse a que en la vidriera de su negocio la leyenda “no compre, negocio judío” les restara su habitual clientela, algunos por miedo, pero otros por compartir esa idea.  Sólo podía pensarse en el alimento, nada más. Comprar un libro era algo que Bernardo sólo podía soñar.
Por eso, tener que dejar la escuela fue para él la peor realidad que pensó que podría vivir.
                En los años que siguieron, Bernardo pasó sus días ayudando a su padre en el negocio de las telas. Fueron años de subsistencia, de lucha constante contra una realidad que le dolía y no entendía. La impotencia se apoderó de él. Extrañaba a sus compañeros de escuela. A menudo se preguntaba qué sería de ellos, qué nuevos libros estarían leyendo, en qué nueva historia estarían inmersos. Incluso echaba de menos a aquellos con los que no se llevaba bien, como Karl, Hernann y Alfred, que no tenían nada que ver con él, pertenecían a la raza para la que todo estaba permitido. Se sentían superiores a él, y se lo hacían saber.
Pero lo que más añoraba era la biblioteca, ese mundo mágico de cuatro paredes donde pasaba horas leyendo, incluso después de clase. Sentía  un deseo irrefrenable de volver a ella. Tenía una asignatura pendiente: terminar la lectura de aquel libro que, por ridículas  e injustas decisiones de los adultos, había dejado inconcluso.  Se trataba de La Odisea, el más célebre poema de Homero.
El año anterior, con la ayuda y complicidad de su maestra había leído los cantos más importantes de la Ilíada y se había convertido en un experto apasionado de la Guerra de Troya y las aventuras de sus héroes.  Había empezado la lectura de La Odisea, y deseaba terminarlo, con las mismas ansias que Ulises tenía de regresar a Itaca. Pero su deseo quedó truncado.
Había cumplido veinte años, cuando una tarde, de regreso a casa después del trabajo, fue interceptado por una patrulla de soldados nazis. Lo subieron a un camión en el que había otros judíos. Tras una larga travesía en tren, en el que viajó en condiciones inhumanas, llegó a Auschwitz, en Polonia.
La dura vida en el campo, y las extenuantes horas de trabajo forzado a las que era sometido, fueron diezmando las fuerzas de Bernardo. Su físico empezó a dar signos de flaqueza. Sólo de noche, cuando el dolor en su cuerpo y en su alma;  la impotencia y la angustia, no lo dejaban conciliar el sueño, encontraba un escape a su dura realidad, fantaseando con aquellas historias que leía cuando era niño.
Una mañana, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo más. Su cuerpo no le respondía. Quiso levantarse, pero se desplomó en el piso. Fue llevado a la enfermería donde, según supo después, pasó tres días hasta recuperarse. Al abrir los ojos, encontró una mirada que le resultaba conocida. Se trataba de unos lavados ojos celestes que le resultaban familiares pero que, esta vez, lo miraban con lástima. Tardó unos segundos en darse cuenta de que se trataba de Hernann, su hostil compañero de banco. Nada pudieron decirse, porque no estaba permitido que los soldados intercambien palabras con los judíos. Ya Bernardo no era un niño, ahora era un joven que había vivido tanto,  que sus años se triplicaban en lo que a experiencia se debía. No le resultaba extraño ver a ese compañero ario y prolijo en ese lugar. Lo que le produjo cierto impacto, en cambio, fue su mirada compasiva.
Apenas recuperado, tuvo que volver al trabajo. Los días pasaban y su vida se apagaba. Ya no deseaba vivir. Prefería la muerte a seguir padeciendo el infierno en que vivía. La muerte real sería, seguramente, más dulce que esa lenta y agónica que padecía.
Una noche, mientras dormía, escuchó pasos sigilosos entre las literas. Se sobresaltó, pero descartó que se tratara de una de las habituales requisas. Una voz muy baja le murmuró que se quedara tranquilo, que no pasaba nada. Era Hernann,  que, sin decir nada más, le dejó un libro en la litera y se fue. Sorprendido, comenzó a leerlo, pero a pesar de su avidez por la lectura, el miedo y la desconfianza no le permitieron conectarse con la historia.
A ese libro le siguieron otros. Y durante los siguientes meses, Bernardo volvió a sentir deseos de vivir. Cada mañana, al levantarse, tenía un motivo para afrontar su día: esperar la noche para viajar en las historias de sus libros. Volvió a ser héroe, corsario, guerrero, príncipe, y cientos de personajes que lo llevaban a otro mundo, lejos del infierno que vivía. Volvió a sentirse un niño.
Esa noche, cuando llegó a su litera, ni siquiera quiso participar de la pelea que se había desatado entre dos de sus compañeros a causa de un trozo de pan que ambos se disputaban como si se tratara de un tesoro. Prefirió sumergirse en la nueva lectura que lo esperaba.  Metió la mano bajo su colchón, siguiendo el ritual de intercambio de libros que sin pactarlo habían armado con Hernann, y la sorpresa lo paralizó. No podía creer lo que sus ojos veían. Se trataba del libro que nunca pudo terminar de leer, desde aquella mañana en que su vida comenzó a cambiar para siempre.
Emocionado y dudando si se trataba de una simple casualidad o si su antiguo compañero en realidad conocía que esta era su lectura inconclusa, lo abrió y comenzó a leerlo. A pesar de los años, no necesitó volver en sus hojas. Sus historias le habían impactado tanto, que las recordaba como si las hubiera leído ayer mismo.
Convertido en Ulises estaba, en plena lucha en la Isla de los cíclopes contra Polifemo, cuando, la última requisa lo trajo al mundo real. Ni tiempo tuvo de esconder su libro. Esa misma noche, y después de dos horas de ser sometido a una feroz tortura para que diera a los oficiales el nombre del traidor que le hacía llegar los libros, se decidió su fusilamiento. Sería al amanecer.
El pelotón estaba listo. Bernardo levantó la vista por última vez, antes que le vedaran los ojos. Su mirada volvió a cruzarse con la de Hernann, que se destacaba un paso adelante del resto del pelotón. Las lágrimas de sus ojos, no le impidieron leer sus labios. “Perdón”, fue la única palabra que salió de su boca.
Por un instante fantaseó con que su verdugo se convirtiera en su héroe y que, como en sus cuentos, se enfrentara a los villanos poderosos y lo salvara. 

Bernardo sintió el impacto de las balas sobre su cuerpo mientras su mente viajaba hacia el Hades, la morada de los muertos. La diosa Atenea animaba a los nazis y a los judíos, como antes a los itacenses, a llegar a un pacto, para que juntos vivan en paz los años venideros.

Lucas Goloboff

La Antigüedad Actual

  A los 117 años y con la vista ya fallándole Arthur seguía levantándose todas las mañanas de todos los días a las diez en punto para vestirse, dirigirse la baño lavarse los dientes y arribar a la cocina a no mas de las diez y cuarto, para presionar el botón de la cafetera y esperar medio minuto a que el agua que contenía se tornara en un caliente desayuno color negro con espuma beige, medio minuto en el cual se dedicaba a seleccionar uno de sus discos de música añeja y de colección que tenia en un alto organizador color blanco, lo colocaba en su antiquísimo reproductor de CDs y presionaba la tecla de reproducir. Se tomaba este trabajo todos los días porque no soportaba la idea de actualizar su colección, que bastante espacio ocupaba, a una pequeña caja con quinientos mil no se que cosa que respondía a las ordenes en tanto las dijeras en voz alta, eso era lo que le decía a todo aquel que, en tema de conversación, hablara de ello. A Arthur le gustaba vivir los viejos tiempos, aquellos en los cuales los automóviles tenían ruedas en lugar de esferas, en los que uno iba al banco a retirar efectivo, donde los lentes de sol o de lectura eran lentes de sol o de lectura y no lentes computadora o lentes de sol computadora que te muestran todas las imágenes a escasos dos centímetros de los ojos.
  Si no se hubiera roto su antiguo reloj de agujas que aún funcionaba, y a pilas, no habría comprado ese moderno reloj digital incluido en la pared con indicador de temperatura y todo lo que odiaba, que cuando marcaba las diez treinta y cinco le indicaba que ya era hora de apagar el trasto viejo que tenía por reproductor de música y salir a hacer lo mismo que hacia en esta ultima etapa de su vida. Agradecía vivir en la planta baja de altísimo edificio de trescientos treinta pisos porque usar el elevador Express que viaja a cuarenta kilómetros por hora sin duda le daba nauseas, se aproximaba a la puerta y esta se abría a su paso diciéndole monótonamente todos los días: “Que tenga un buen día”, y luego de salir esta se cerraba detrás de él. Así se dirigía rumbo a uno de los pocos parques que quedaban en el muy modernizado planeta, caminaba sobre las angostas aceras que ya pocos usaban por el poco reciente invento del tele transportador público, que no costaba más que lo que costaba un pasaje de autobús, y era más ecológico, o porque la mayoría de las personas usaba sus automáticos vehículos que ni hacia falta preocuparse por ver la autovía para llegar al destino. Caminaba porque no pensaba siquiera en tele transportarse a ningún lado y terminar por perder uno de los pocos aspectos que la humanidad tubo, además aunque quisiera, no podía hacerlo ya que tenía un marcapasos y por órdenes médicas lo tenía prohibido.
  Durante el viaje disfrutaba recordando como eran aquellos parajes que transitaba cuando era joven y marcando cuanto había cambiado de la noche a la mañana, y haciendo que los “hombres de hojalata” como llamaba él a los robots (los cuales no usaban el tele transportador porque congestionarían el sistema) lo esquivaran. Llegaba al parque a no mas de las once, se sentaba en uno de los bancos de aluminio y sacaba lo que el llamaba ordenador de bolsillo de su bolso pequeño que colgaba de una tira que atravesaba el frente y la espalda de Arthur, sus lentes de material orgánico reciclado, tintados de un tono celeste para combinar con la temática de todas las cosas de la época, y leía las noticias de todo el mundo de todos los temas disponibles. Debía admitir que algo bueno tenían esos tiempos comparados a los suyos: la inseguridad y la pobreza ya casi ni existían. Enterarse de la A a la Z de todo lo que pasaba en el mundo le tomaba alrededor de una hora, luego contemplaría los pocos árboles transgénicos que allí había y se iría a almorzar al bar de su viejo amigo Héctor a eso de las doce y veinte, pero no era la ocasión, hacia ya casi un año que se quedaba sentado un rato mas para observarla pasar por la acera del frente, y ahí estaba ese día, como todos, tan perfecta y puntual, pasaba y desaparecía detrás de un alto edificio, entonces después de haberla visto, Arthur de ponía de pie y se marchaba hacia el bar, allí solía tener grandes platicas con su amigo (quien era el dueño) sobre todo tipo de cosas, pero últimamente solo hablaba de ella, le decía lo perfecta que era, estaba hipnotizado, a tal punto que Héctor podía irse al baño por diez minutos y Arthur seguiría hablándole al aire creyendo que él estaba ahí mientras solo la veía a ella. A menudo, luego de ya casi un año, la paciencia de su amigo por alguien tan viejo se iba a Hawai, y ya empezaba a decirle a Arthur con amabilidad que dejara de pretender que ella se fijara en él, que ya era demasiado anciano como para estar con pensamientos tan románticos y que se llevaría una gran desilusión si oía lo que le diría si intentaba hablarle, pero haciendo caso omiso de su amigo todas las tardes Arthur se adentraba el la cafetería modernosa donde ella trabajaba y ocupaba la mesa que quedaba justo en frente del pasa platos que da al interior de la cocina, pero del lado de la ventana a la calle para ser más discreto, y se pasaba  alrededor de otra hora observándola de reojo lavando los platos mientras él se tomaba otro café negro como el ya acabado petróleo.
  Esa misma noche no pudo dormir, lo inquietaba saber que su vida se acababa lentamente desde hacia rato, uno ya con 117 años puede sentir a la muerte mandándole mensajes de texto, no quería morir sin siquiera haber intentado hablarle, se desveló esa noche y la siguiente, pero decidió que no habría una tercera. Siendo ya viernes realizó su cronograma matutino y esperó en el parque a que pasara, cuando lo por fin pasó (tan puntual como siempre) se levanto de la banca y la siguió desde cerca hasta que se detuvo en el cruce peatonal para esperar el semáforo,
sentía una vergüenza equivalente a la de un niño de 10 años quien intenta hacer lo mismo que él, pero no quería volver a desvelarse y sabía que no habría otra oportunidad, entonces se le acercó por el lateral y mirándole el perfil le dijo unos piropos de esos que la gente solía decirse antes, pretendiendo iniciar una conversación, y allí se quedo, sin reaccionar ante lo que Arthur le había dicho, inmóvil, sin dejar de mirar al semáforo, sin mover una sola falange mecánica, y sin mostrar una simple expresión en su rostro metálico en el que alguien había dibujado una cara con maquillaje femenino talvez para darle un toque de gracia a algo sin personalidad.


Francisco Martín

Querido medico

Los vecinos de la cuidad se reunieron esa tarde para despedir al único y prestigioso medico que la corona española había mandado al virreinato con el fin de ocuparse de la salud de los habitantes. Era un hombre de muy buenos modales y buen trato. Era muy elegante: usaba levita y reloj de bolsillo, cuya cadena de oro relucía a la distancia.
Todos sabían que la nave que lo llevaría a su tierra, zarparía del puerto de buenos aires al día siguiente. También sabían el motivo de su regreso a España: su hijo había enfermado de gravedad poco antes de venir a estas tierras para unirse a la cruzada de atender a los pacientes que lo necesitaban en América. Por eso, eso no fue una despedida como tantas otras; fue una despedida doblemente triste: por un lado, la gente sentía tristeza ante el abandono que significaba la partida del doctor y por otra parte sabían el gran sufrimiento que sentía en lo mas profundo de su corazón ese hombre que acudía a socorrer a su hijo, huérfano de madre, sabiendo que la cura de su enfermedad seria un milagro. Nadie dejo de alentarlo esa tarde en la metrópoli: desde el virrey en persona hasta el vendedor de velas, el aguatero y la mulata que vendía empanadas calientes en la puerta de la iglesia. Cuando ya anochecía, se marcho a su casona para esperar despierto la llegada del nuevo día y partir para cruzar el ancho del mar.
¡Que desamparados se sintieron todos los porteños durante un largo tiempo! Quien tenia un problema de salud, debía conformarse con ser atendido por una bruja, hechicero y mano-santo. Se cuidaban mutuamente recomendándose remedios caseros ante cualquier síntoma:
Doña maría, para curar el catarro recomendaba cataplasmas de mostaza; si alguien tenia problemas bronquiales mas serios o no dejaba de estornudar, Don paco aplicaba ventosas. Así se sentían, capaces de sobrevivir hasta que desde España les llegara un reemplazante del querido medico Funes. La espera se hizo interminable. Casi a diario, el virrey, máxima autoridad en la región, trataba de calmar la ansiedad de quienes necesitaban atención medica con urgencia.
-Pensar que bromeábamos tanto con el llamándolo mata-sanos, y el nunca se enojaba por ese apodo-comentaban en la plaza mayor las mujeres con mantilla y peinetas, luego de la misa dominical.
¿Como seria el nuevo facultativo enviado por los reyes de España? ¿Seria tan comprensivo como el anterior, que cobraba unas pocas monedas por asistirlos? No había otro tema en las tertulias nocturnas que realizaban los hombres mientras las mujeres bordaban y los escuchaban como si fuesen hombres sabios.
Los meses se hicieron interminables, hasta que una madrugada, el pregonero, se encargo de llevar esperanza a cada uno: ¡Esta tarde llega el barco reina isabel que trae medico! y el pregón fue repetido calle por calle durante horas. Nadie dejo de ponerse los mejores atuendos: las damas prepararon sus mas elegantes abanicos y los criollos prepararon la diligencia para trasladar al nuevo medico hasta su casa, la cual habia sido limpiada por Maria teresa y sus hijos. Hasta el dueño de la pulpería cerró su negocio para acudir a la bienvenida.
El navío que primero fue un punto en el horizonte, se fue acercando lentamente y atracó. Bajaron sacerdotes, maestros y campesinos. Por ultimo dos hombres aparecieron en la cubierta del barco.
¿cual de esos dos seria el nuevo doctor?-gritaban.
El misterio pronto dejo de serlo: uno de los dos era el doctor funes pero nadie sabia quien era el otro. Ya en tierra firme, Funes se encargó de presentarlo: "este es mi hijo, gracias al cielo y a dios se ha salvado de su tuberculosis", y luego agregó: he vuelto porque mi vida esta junto a la de ustedes y mi hijo Manuel ha sido nombrado secretario del virrey por las autoridades hispanas.
Esa noche hubo un gran festejo.


Nahuel Campagne,  4to 1ra,  TM

Otra Historia


Era lunes a la madrugada, me levantaba obligadamente de mi cama para prepararme el desayuno. No había dormido muy bien, habíamos vuelto muy tarde de una fiesta familiar y además nos habían registrado el auto unos oficiales. Por suerte no había dejado ninguno de mis libros de Cortazar o uno de mis cassettes de León Gieco, solo uno de Spinetta que me gustaba escuchar con mis papás.                                                                                                                                                                             
Estaba realmente fatigado y  pensé por un momento en no ir a la escuela y al ir a la cocina me encontré con mi mamá. No podía creer que esté despierta a esa hora. Pensé en pedirle faltar a la escuela pero sabía de antemano cual sería la respuesta. Antes de irme tuvimos una conversación.  A ella no le gustaba para nada la idea de que esté en el centro de estudiantes ya que había escuchado de algunos compañeros de su trabajo que habían desaparecido varios estudiantes. Al terminar me dio un abrazo fuerte y me fui al colegio.
   Cuando llegué, me junté con mis amigos a charlar sobre que había hecho cada uno el fin de semana pero no todos hacían muchas cosas últimamente. Estuve distraído o durmiendo en todas las clases que tuve en el día, en lo único en lo que pensaba era que mi padre volvía ese mismo día de Estados Unidos. Estaba ansioso de verlo, hacía mucho que tiempo que lo había mandado su jefe hacia allá para resolver unas cuestiones. Lo genial era que siempre traía una que otra cosa de sus viajes que acá no se vendían como discos o juguetes, ropa, etc. En fin, estaba impaciente porque suene el timbre para poder irme a mi casa, estaba muerto de hambre; al menos la hora de matemática se pasó rápido y en lo único que me concentraba era en resolver los ejercicios. 
   Ni bien tocó el timbre de salida me fui lo más rápido que pude del colegio y me quedé hablando con unos amigos un rato más en la calle, planeando juntarnos o hacer una fiesta aunque no estábamos seguros de que eso sea posible, ya que no se podía hacer reuniones. Y por las noches, caminar solo no era muy seguro, entonces no se llegó a nada y quedamos en discutirlo durante la semana. 
   Al llegar a mi casa entré pensando en que mi papá ya había llegado, pero no, todavía no estaba en casa, ni mi madre ni mi hermano estaban, así que me di cuenta que seguramente lo habían ido a buscar al aeropuerto. En eso me recosté un rato en el sillón del living y prendí la radio para escuchar las noticias y dormir un poco de siesta hasta que llegara mi familia. 
   Mi papá me despertó y le di un abrazo, estaba algo cansado con un poco de mal humor pero hice un esfuerzo en no desquitarme con él. El almuerzo estuvo algo tranquilo, mi mamá había hecho un pollo a la mostaza con papas al horno que le había quedado rico, pero no se veía muy atenta,  sino algo distraída, algo le debió haber inquietado en ese momento. Mi hermano estaba comiendo y verdaderamente contento de que haya vuelto papá pero yo creo que estaba más contento porque él trajera regalos. Siempre nos los daba después de comer. 
    Cuando terminamos de almorzar ayudé a mi mamá a levantar la mesa mientras mi hermano y mi papá iban al living a esperarnos,  aunque al terminar, mi mamá me dijo que iría a dormir un poco y que lavaría los platos luego. Papá sacó los regalos de su maleta.
   A mamá le había traído unos maquillajes y unas herramientas de cocina, a mi hermano un auto a control remoto y unos walkee talkie y para mí el quinto disco de Queen que habían lanzado el año anterior,  uno de David Bowie y un walkman nuevo. 
   A la tarde de ese día estuve pasando los discos a casettes. No me tomó mucho tiempo. Pero mientras estaba haciéndolo mi papá entró al cuarto preocupado y algo cansado por el viaje. Le pregunté que era lo que necesitaba, me preguntó por qué estaba asistiendo al centro de estudiantes, me dio un sermón diciendo que estaban pasándole cosas malas a los jóvenes o incluso adultos que contradecían la ley, eso me asustó un poco pero sabía que no iba a dejar de ir ya que me había comprometido a asistir. En esa conversación me planteó ir el domingo a la cancha a ver a River. A mí no me gustaba mucho el fútbol pero la pasaba bien cuando iba a la cancha con él y disfrutaba del partido. El partido sería por el campeonato .
    Al otro día en la escuela me puse a conversar con mis amigos para arreglar el tema de la fiesta, les conté sobre las cosas que me había traído mi papá y me dijeron de llevar los discos para escucharlos entre todos. Iba a ser un fin de semana agradable, el sábado la fiesta y el domingo iría a la cancha a ver el partido con mi papá.
    Ya era sábado por la noche. La semana se había pasado más rápido de lo que esperaba, me estaba preparando para irme.  Papá me llevó. Más que una fiesta era una reunión de amigos, me habló todo el camino y yo mucha atención no le presté, algo escuche de llamarlo para que me pase a buscar y que no tendría que ser muy tarde ya que al otro día tenía que acompañarlo a la cancha.
   Al principio la reunión fue tranquila. Éramos un par  escuchando los discos  que llevé, otros conversando en el sillón. Luego llegaron unos compañeros  que trajeron alcohol, no quería imaginarme de donde. En ese momento todos comenzamos a beber, incluso yo, entre vaso y vaso me fui poniendo en peor estado. Al tener un estado de ebriedad en el que no sabía qué hacer, quise irme a mi casa. En la casa en la que estaba no funcionaba el teléfono. No estaba tan lejos de mi casa así que decidí irme caminando, me despedí de mis compañeros y me retiré. Hacía demasiado frío esa noche y yo no me sentía muy bien pero seguí caminando. Cuando estaba a mitad de camino me pararon unos oficiales que me pidieron los documentos y al no tenerlos y estar ebrio me llevaron a la comisaría. Durante el trayecto me puse algo nervioso. Uno de los policías me pidió mi nombre y apellido, yo le di todos los datos que pude de mi, en eso el oficial que estaba al lado mío revisa unos papeles y sonriente me dice : a vos te buscábamos!
El resto es otra historia.
 DYLAN BREDESTON

martes, 1 de julio de 2014

Ansias de Libertad

Ansias de libertad

Su nombre es Jacinta, es mulata esclava de don José Antonio Arcos. Hace algún tiempo que trabaja en la casa de este español. Su madre se fue a trabajar con otra familia al interior y su hermana en otra casa aledaña.
En esta época, los esclavos no tenían ni derechos ni libertad, ya que eran propiedad de su amo. Su amo era su dueño. Eran como una mercancía que podía comprarse y venderse. Los amos estaban obligados a darles un lugar donde vivir, debían alimentarlos, vestirlos y hacerlos asistir a misa. Si estas condiciones no se cumplían, el esclavo podía acusar a su amo de maltrato, de incumplimiento de sus deberes y podía pedir cambiar de dueño.
A veces los amos liberaban a sus eclavos y otras veces los mismos esclavos podían comprar su libertad, si lograban juntar el dinero suficiente para hacerlo. Y de esta posibilidad: la de poder obtener su libertad, es la de que Jacinta tiene como Sueño y que desea profundamente que se haga realidad.
Buenos Aires colonial… calles empedradas, casas bajas, vendedores callejeros…. Venta de pan, empanadas, velas…
Jacinta trabajaba como personal de servicio en la casa de su amo. Tenía a cargo los quehaceres domésticos, acompañaba a su ama en sus obligaciones y cuidaba los los hijos de su dueño, quienes la querían mucho. Su madre había venido desde África, en barco y había sido vendida como esclava en Brasil para ser luego traída a Buenos Aires… Siempre había sido esclava.
En aquella época, los españoles traían africanos porque tenían mayor resistencia y capacidad de trabajo. Así los tratantes de negros, que eran comerciantes ingleses y portugueses, los capturaban en África, los trasladaban en barcos y los vendían como esclavos en los puertos americanos.
Jacinta no quería ser esclava toda su vida. Soñaba con poder gozar algún día de la bendición de ser libre, de tener su propia libertad. El domingo era el día de descanso y todos los habitantes de la ciudad asistían a misa. Jacinta acompañaba a misa a su dueña. A la salida se enteraban de las novedades del pueblo. Era un momento de reencuentro con la gente del lugar. Cuando era el cumpleaños del rey, se celebrara con ceremonias, procesiones y una fiesta en la calle.
Por la mañana, en la semana, Jacinta acompañaba a su dueña a la plaza. Allí realizaban la compra de productos muy variados. Por la tarde, salían a dar un paseo por los paseos y la arboleda más cercana. Sus amos asistían a las llamadas tertulias, donde se divertían junto a la gente de su clase social. Jacinta se divertía cantando y bailando en reuniones que hacía la gente de su misma clase y condición.
Jacinta decidió entonces, soñar un poco mas allá pidiendo a sus amos que le pusieran un precio justo para poder comprar su Libertad. Sus amos le pusieron un precio muy alto, que Jacinta no podía pagar. Fue muy triste y terrible….. Desde el día en que Jacinta hizo el pedido, el trato que le daban sus amos era muy cruel. Esa noche no le dieron de comer, la azotaron y no le permitieron ir a misa. El trato diario se hizo insoportable.
Por todo esto, Jacinta decide escaparse de la casa y desesperada se ampara en un quilombo donde ella sabía que muchos de su condición solían buscar refugio en caso de necesitar ayuda. Contó su situación y lo que le había sucedido a los negros que allí estaban y esa noche, Jacinta permaneció en aquel lugar, pensando y pensando como podría llegar a gozar de su tan ansiada libertad. Pidió ayuda, refugio y consuelo. Pasaron pocos días… fueron tan solo cinco días, cuando uno de los negros que allí estaban no tuvo mejor idea que delatarla…. ¡Qué traición!
Jacinta fue a parar a la casa intendente del lugar. Un hombre soberbio y poco amistoso. El intendente, don Juan de la Cruz, se enteró de la historia de Jacinta, y lejos de ser amable y compasivo, la trató con rencor, rudeza y crueldad, ya que pensaba que no era digno que Jacinta renegase de su condición de esclava.
La situación fue mucho peor que antes. Lamentablemente todo empeoró muchísimo más. Jacinta hacía trabajos muchos más pesados, era maltratada todo el tiempo y también humillada. No había por el momento, ninguna oportunidad que le permitiera salir de ese tormento.
Esto duró un tiempo…. Hasta que un día, apareció Felipe de la Serna , el pretendiente de Rosalía, la hija del intendente y futuro yerno del intendente. Felipe frecuentaba la casa de don Juan de la Cruz… Y miraba con buenos ojos a Jacinta, quien siempre se mostraba bien dispuesta a sus quehaceres, amable y hacendosa.
Felipe era un hombre honrado y trabajador, honesto y caritativo. Todo lo contrario de su futuro suegro. Jacinta, presintiendo la bondad de Felipe, decide escribirle una carta, en la que le pide ayuda. Le cuenta de su desdichada e infeliz situación. Del maltrato que padeció con su antiguos amos y del sufrimiento de su actual condición. De querer comprar su libertad y de la puesta de un precio muy alto que no podía pagar.
Felipe, conmovido por la carta y las sinceras palabras de Jacinta, decide comprarla a cambio de unas tierras que ofrece a don Juan de la Cruz en paga por la esclava. Felipe otorga así la libertad a la negra de esta historia.
Desde ese día, la vida de Jacinta cambió para siempre. Ahora sí, ya podría disfrutar y gozar de su tan Ansiada Libertad.

Julián Rial 4to. 1ra.


martes, 10 de junio de 2014

La Redención

 Desde que nací vivo en el partido de San Martín, mas precisamente en la villa La Rana con mi hermana y mi padre quien después de la muerte de mi madre víctima de la guerra interminable entre Gendarmeria Nacional y los narcotraficantes se olvidó casi por completo de sus hijos, lo que provocó un vacío de proporciones inimaginables en mi hermana y por sobre todo en mí.   A partir de ese olvido y de ese desinterés por parte de mi padre hacia sus hijos yo me alejé de casa, iba todos los días al baldío con mis amigos quienes yo consideraba hermanos a drogarnos y emborracharnos. Así pase gran parte de mi adolescencia.
   Un día vino un hombre con una idea que, según él, nos iba a gustar a todos, sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, creí fue una sensación de advertencia pero no le dí importancia. La idea consistía en asaltar un camión lleno de electrodomésticos. Reímos todos ya que no creíamos lo que escuchábamos, pero el hombre sacó de su campera 3 armas calibre 38 que me entregó a mí y a dos amigos; así fue que comenzó nuestra vida de piratas del asfalto.  
  Es moneda común en barrios como éste que adolescentes como yo comiencen a robar ya que el dinero escasea y la adicción es mas fuerte que el deseo de vivir. Pero aún así teniendo plata fácil, drogas, alcohol y mujeres yo intuía, sentía ese vacío que hasta ese momento no había podido llenar.
 Un día cometiendo un hecho fuimos emboscados por la policía, recibimos disparos que rápidamente contestamos. Nos dispusimos a correr hasta llegar al barrio, pero dos patrulleros nos seguían, nos separamos y cada uno se fue por un pasillo distinto. Yo me perdí, era de noche y no reconocía el pasillo, preso del miedo seguí corriendo hasta que me topé con aquel hombre que me había iniciado en el camino de la delincuencia y me dijo - Salí de acá, este no es tu camino. Y me entregó una caja, que además de droga tenía algo envuelto en una tela, no era difícil de distinguir, era un libro, pero ¿cuál?
 Llegué a mi casa luego de caminar por calles y pasillos intrincados, me dí cuenta que me había perdido en un recodo desconocido de mi barrio. La intriga me dominaba a estas alturas, quería saber el contenido de aquel libro, lo desenvolví y pude leer claramente lo que decía: Kebra Nagast la biblia secreta del rastafari. Abrí en una página al azar, como hojeando una revista, la primer frase que leí decía así: "Se libre y proponte encontrar el camino..." lo que me llenó por un instante ese vacío que tanto había querido llenar. Me produjo la necesidad imperiosa de continuar leyendo, como si esas palabras, como si ese libro fueran enviados por una deidad, o una divinidad. 
 A partir de ese día leía diariamente un pasaje de ese libro tan sorprendente y familiar a la vez, también sentí la necesidad de compartir mi hallazgo con mi hermana ya que el libro hablaba de fomentar las relaciones con la familia mas cercana. 
 Mis amigos me venían a buscar, pero yo estaba inmerso en las enseñanzas milenarias reunidas en un solo libro, comencé a darle la espalda a mi antigua vida de delincuente y comencé primero a meditar diariamente y a rezar.
 Luego de avanzar con la lectura caí en la cuenta de que necesitaba algo mas, me dí cuenta que necesitaba compartir mi aprendizaje, así fue que con mi hermana juntamos fondos para instalar un comedor infantil, con biblioteca, espacio para rezar (sin distinción de religión) y espacio para meditar; por supuesto instalamos una cancha de fútbol. Todo esto quedo en manos de mi hermana quien con su novio llevan las riendas del comedor y continúan su labor social.
 Yo por mí parte aprendí que vivir en la naturaleza es mucho mas placentero; conocí una comunidad en la provincia de Cordoba en la que me instalé y me encuentro escribiendo parte de mi historia. Espero que limpiando mi cuerpo, espíritu y mente algún día encuentre mi redención. 
                 Fin. 
  Juan Ángel Ramat

Juan Ángel Ramat

"Volver a la Madre Tierra que nos vió crecer, la Tierra todo lo que necesites va a proveer"
En la tranquilidad de la de la Naturaleza puedo sentir que mi alma tranquila se expresa...

martes, 13 de mayo de 2014

El Barón rampante de Ítalo Calvino

Tarea
Mirar el Book Trailer en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=3U5Ui9FnwFw
¿Qué es un book trailer?
Bueno, como acaban de ver, es un pequeño video (como los que se hacen de las películas) que promociona o anticipan un libro nuevo en Internet, para captar un nuevo tipo de lector más vinculado a las series y la televisión, para sorprender, para presentar con fuerza un autor nuevo, o para darle tridimensionalidad a un personaje, que a veces es real (como en el caso de las biografías) y tiene una vida rica en imágenes fuera de esa obra escrita. El book trailer no pretende contar un libro, sino que está más cerca de ser la adaptación cinematográfica de la contratapa que de la obra entera. Como mucho, se refleja el tono, el género, quizás algunas frases emblemáticas, y a veces, (si la naturaleza de la novela lo permite) el argumento.
Para saber un poco más: http://www.booktrailersweb.es/
Propuesta de trabajo:
En parejas, vamos a elaborar un Book Trailer de El Barón Rampante de Ítalo Calvino. La intencionalidad de nuestro corto será la de seducir futuros lectores, provocar sus ganas de leer esta novela.
Les sugiero visitar esta página donde el autor  presenta una visión crítica del book trailer, propone tips muy atinados para elaborarlos y da varios ejemplos para fundamentar su valoración de este género:http://www.microrevista.com/la-guia-definitiva-del-book-trailer-espanol/ . Además, hay buenos tutoriales en Youtube.
El producto final deberá editarse en Youtube y subirse al blog hasta el 30 de mayo.
En forma individual, elegir tres trabajos de sus compañeros y comentarlos, identificándose al hacerlo.


miércoles, 7 de mayo de 2014




                                           ''Mi propio infierno''


Recién estaba amaneciendo, hacia frio y había una niebla que no me permitía ver nada.  Eran las mismas calles que caminaba hace unas ocho horas, pero en el sentido contrario. No solo hay luz, sino que tengo el maquillaje corrido, me duelen los pies y mi paso es algo zigzagueante. No lograba entender que hacia volviendo a mi casa a esa hora ,no comprendía porque lo seguía haciendo si ya no quería saber nada con respecto a eso, pero sin embargo lo elegía, elegía olvidarme de lo triste que era mi vida,sentirme en paz por aunque sea unas pocas horas pero ¿para qué? Si después todo seguía igual.
Decidí sentarme en el suelo, apoyada en un local de ropa, pasaron veinte minutos y me levante, caminé hacia la parada del colectivo, con menos ánimo que el de antes. A pocos minutos de que llegue, una señora se acercó hacia mí y me pregunto si estaba esperando hace mucho tiempo el colectivo ,groseramente, le conteste que no. Me sentí horrible por la manera en la que le contesté,le pedí disculpas y me sonrió.  Pasaron cinco minutos y vino el colectivo,deje subir a la señora primero y saque boleto. 
Me senté lo más atrás posible,me puse los auriculares,cerré los ojos y me acomodé. Era un viaje bastante largo el que debía hacer. Me quede medio dormida. Me levante apurada y toque timbre. Al levantarme empuje a un chico y se le cayó un libro. El libro se llamaba ‘’Mi propio infierno’’ en ese momento se me pasaron mil cosas por la mente y empecé a pensar en internarme,para recuperarme. Levante el libro y sin mirarlo,se lo dí. Baje rápido.
Llegue a mi casa, estaba todo oscuro, no había nadie,no sabía donde estaban. Me saqué las zapatillas, me lave la cara y me acosté.
Me daba el sol en la cara, hacía mucho calor,me desperté agitada. Eran las cuatro de  la tarde. Mis hermanos ya estaban en casa,durmiendo como de costumbre.  Más tarde, busqué lugares para adictos, encontré uno lejos de mi casa,lo cual iba a ser mejor,ya que si buscaba un lugar cerca,me iba a escapar.
No estaba segura de lo que estaba haciendo, sabía que era lo mejor,pero  también sabía que apenas entrara a ese lugar me iba a querer ir.  Pasaron días y tomé la decisión. Espere que mis hermanos se fueran  y escribí una nota: ‘’ Me voy,por un tiempo. Va a ser lo mejor,cuando vuelva todo va a cambiar’’. La deje en la mesa y me fui.
No hay palabras que describan lo que sentía en ese momento,estaba orgullosa de mi por tomar esa decisión,pero también tenía miedo,estaba angustiada.
Llegue al lugar cerca del mediodía. Me atendió una mujer muy simpática, delgada y baja. Tenía el pelo rizado, de color castaño. Se la notaba cansada, pero alegre. Me hizo pasar y espere un rato. Luego me dieron un cuarto. Era un cuarto grande,luminoso,tenía una ventana que daba al parque del lugar. Era realmente muy lindo y espacioso. Claro que no estaba sola,lo compartía con una chica. Era seria,ni siquiera me saludo. Pálida y con una mirada fría. Muy delgada.  Me enteré que estaba en la granja hace dos años y que intento escapar unas nueve veces.
Ese día fue muy particular,dibujamos,conocí gente nueva. Pero eso solo duro un par de días,luego a medida que pasaba el tiempo tenia cada vez más ganas de irme. Debo confesar que intente escaparme un par de veces,pero no funciono. 
Hace un par de años que estoy en la granja y creo que fue la mejor decisión que tomé en mi trágica y corta vida. Ahora me siento libre,libre de mi misma. Con ganas de hacer cosas,de crecer día a día. Aunque extraño a mis hermanos. Supongo que en poco tiempo me darán el alta.  



                                                                        Abril Dujaut y Milagros 4º1era

Mímesis - Sofía Cabanchik y Abril Rodríguez Bompas

Escuchó las sirenas del auto de policía acercándose y recién ahí fue cuando volvió a su realidad. Era una noche fría, la lluvia caía por la ventana y el viento producía un sonido estremecedor. “¿A dónde se dirigían? ¿Qué habría pasado?” eran algunas de las preguntas que pasaban por su cabeza. Fueron respondidas inmediatamente en el momento en que sonó el timbre de su casa. La policía. En ese instante atinó a mirar a su alrededor y pudo observar el rojo vivo salpicado sobre las blancas paredes. Goteaba. Reconoció aquel cuerpo que yacía a su lado inerte, era Olivia. Se le llenaron los ojos de lágrimas al ver el estado en el que estaba. Descuartizada, cada uno de sus miembros habían sido arrancados, el asesino no había tenido piedad. Pudo reconocerla gracias a que su cara era la única parte sin rastro de maltrato.
Los últimos recuerdos que tenía se relacionaban con el pasado martes. Había sido un día agotador y no tuvo mejor idea que ir a la biblioteca y elegir un libro para despejar su cabeza. Normalmente le fascinaban las historias de ciencia ficción y terror, por lo que se dirigió directamente a esa sección. Tomó el último libro de la estantería y se sorprendió al ver que era anónimo. Sus tapas completamente negras no tenían título ni autor y el relato comenzaba en la primera página sin ningún tipo de introducción. Le llamó tanto la atención que decidió llevárselo.
La historia lo atrapó fácilmente. Se trataba de una pareja que entre conflictos y reconciliaciones había generado un grado de odio que sólo era comparable con el amor que sentían el uno por el otro. El libro relataba su última pelea, que parecía la más trágica y terminante. Tomó lugar en una habitación de paredes blancas que de un segundo a otro pasaron a estar pintadas de sangre. Él, el protagonista, había tomado la drástica decisión de acabar con la vida de su amada para así terminar con el propio sufrimiento. No sólo la había asesinado sino que previamente la había torturado. Sin embargo la violencia no tardó en convertirse en dolor. Al no poder soportar una vida sin ella, colocó una pistola en su boca y jaló del gatillo.
Él se sorprendió al ver el parecido que existía entre la escena del asesinato del libro y la realidad que estaba viviendo. Observó a los policías de reojo y notó que ellos miraban sus manos. Agachó la mirada hacia ellas y pudo verlas manchadas de sangre. No comprendía. “¿Quién había asesinado a Olivia?” era la única pregunta que circulaba por su cabeza, pero la respuesta lo asustaba tanto o más que el hecho de saber que Olivia ya no estaba. Empezó a relacionar los hechos. Inclinó la vista al costado de sus temblorosas piernas y la vió, una pistola. Sabía que no hacía falta, pero igual dirigió una mirada fugaz al sillón donde se encontraba el libro. Aquel libro que marcaría su destino, responsable de esta locura que lo atormentaba. No lo dudo ni un segundo, tomó la pistola, la introdujo en su boca y el dolor se acabó para siempre.


Texto reescrito

Escuché las sirenas del auto de policía acercándose y recién ahí fue cuando volví a la realidad. Era una noche fría, la lluvia caía por la ventana y el viento producía un sonido estremecedor. “¿A dónde se dirigen?” “¿Qué habrá pasado?” eran algunas de las preguntas que pasaban por mi cabeza. Fueron respondidas en el momento en que sonó el timbre de la casa. La policía. En ese instante atiné a mirar a mí alrededor y pude observar el rojo vivo salpicado sobre las paredes. Goteaba. Un cuerpo yacía a mi izquierda, rodeado por un charco de sangre. El cuerpo estaba de espaldas y no se le veía la cara pero igualmente reconocí a mi novia. La reconocí gracias a su pelo, ese pelo tan propio y tan único, el de Olivia. Se me llenaron los ojos de lágrimas al ver cómo estaba. Muerta.

Los últimos recuerdos que tenía eran del martes pasado. Había sido un día agotador y no tuve mejor idea que ir a la biblioteca y elegir un libro para despejar mi cabeza. Normalmente me fascinaban los policiales y las historias de terror, por lo que me dirigí directamente a esa sección. Tomé el último libro de la estantería y me sorprendí al ver que era anónimo. Sus tapas eran completamente negras excepto por un pequeño dibujo en una de las esquinas. Dos personas, un hombre y una mujer, de espaldas y tomándose la mano. Sin embargo, y contrario a lo que parece, la imagen no expresaba amor sino que era bastante oscura. El pelo de la mujer era muy parecido al de Olivia y seguramente eso fue lo que determinó que finalmente me haya llevado el libro. No tenía título ni autor y el relato comenzaba en la primera página sin ningún tipo de introducción.

La historia me atrapó fácilmente. Estaba narrada en primera persona. Giraba en torno a la relación del protagonista con su novia. Éste, un adulto joven, cuenta las cosas desde su punto de vista. Una típica historia sobre problemas de pareja: él que trabaja mucho, ella que lo extraña; ella que se deja llevar por la vida, libre, él que se ve acorralado por horarios y reuniones; él siempre de traje y corbata, ella siempre con polleras largas y sueltas. A medida que pasan las páginas ella comienza a distanciarse. En un principio, muy sutilmente, muy de a poco, todo muy medido. Luego cada vez más y más, hasta que ya ni se molesta en intentar disimularlo. Él, que no había captado ninguna de las señales e indirectas que ella le había mandado (primero casi imperceptibles y luego totalmente frecuentes y notorias) cae en la cuenta demasiado tarde. Ella ya se había ido.

Lo siguen un par de capítulos en los que nunca se menciona el paradero de la chica y que cuentan cómo él había caído en una profunda depresión que le había costado su trabajo. Unos meses después terminó por echarle la culpa de su miseria a ella, ya no la extrañaba, la odiaba. Hasta ahí había llegado, todavía me faltaba leer los capítulos finales. Esperaba que la historia diera un giro de 360°porque el libro lo había sacado de la sección de policiales y terror y todavía no veía ningún indicio que indicará que efectivamente estaba ubicado en el lugar correcto y que ningún bibliotecario aburrido o simplemente distraído lo había puesto allí por equivocación.

Recordé algo más. Una imagen de Olivia agarrando el libro y comenzando a leerlo (aprovechó que yo me distraje con un partido de fútbol y dejé el libro sobre la mesa).

Abrí a los policías. No comprendía, estaba mareado y no lograba tranquilizarme. Me caían gotas de sudor por la frente, la nuca, la espalda. Mis manos húmedas con suerte podían agarrar el picaporte sin que se me resbalara. No me cerraba nada. ¿Quién había asesinado a Olivia? ¿Cómo los policías se habían enterado de lo ocurrido, si el único que podría haberlos llamado era yo y yo no lo había hecho?

Observé a los policías de reojo y noté que ellos miraban mis manos. Agaché la mirada hacia ellas y pude verlas manchadas de sangre. No podía ser. No.  Mire el cuerpo de Olivia. Tenía puesta una pollera. Ella no solía usar polleras. Haciendo caso omiso a las órdenes de los policías que me indicaban no moverme me fui acercando y, tratando de ahuyentar el pánico y el dolor que esto me producía, di vuelta el cuerpo. Éste quedó mirando para arriba. No era Olivia. No era nadie que yo conociera y nunca en mi vida había visto esa cara. ¡Pero tenía el pelo tan parecido al de Olivia! La felicidad que me produjo saber que Olivia no había muerto me duró apróximadamente medio segundo, Después centré mi mirada en la pollera y entendí. No era posible. Corrí al baño, me paré frente al espejo y me miré ¿quién era ese hombre de traje y corbata que me devolvía la mirada a través del vidrio? Parpadeé y el hombre de traje y corbata parpadeó, me moví y el hombre de traje y corbata se movió. Miré nuevamente a mí alrededor. No iba a hacer falta terminar de leer el libro, ya sabía el final.

El triste final de un ídolo



Su nombre es Peter Walker, nació en Texas, Estados Unidos. Su infancia fue triste. Su padre fue sargento de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y su madre enfermera.

Peter tenía mucho miedo a su padre, ya que abusaba físicamente de él y de su madre. Tuvo una hermana siete años menor.

Cuando cursó la primaria, Peter fue víctima de bullyng por parte de sus compañeros porque no era un buen atleta... consumió drogas desde muy jóven, tuvo trastornos psíquicos.... y hasta intentó suicidarse.

Peter fantaseaba con tener el poder de un dios sobre un grupo de "pequeñas personas" imaginarias. Su banda favorita fue la de Los Beatles.
Peter fue siempre un muy buen trabajador.

Cierta vez, un amigo, le recomendó el libro des Salinger "El guardián entre el centeno". La historia de este libro influyó sobre Peter y tuvo gran importancia en su vida. Declaró que deseaba modelar su vida a imagen de la del protagonista: Holden Caulfield.

Peter obtuvo trabajo como guardia de seguridad por las noches y en ese lapso comenzó a beber. Desarrolló una serie de obsesiones que incluían al libro que marcó su vida: "El guardián entre el centeno", así también como la música y en especial a uno de los integrantes de su banda favorita: John Lennon.
Su ídolo: John Lennon, difundía la paz en el mundo y era uno de sus grandes representantes.

A fines de 1980, Peter fue hasta el lugar donde vivía Lennon y le disparó por la espalda causándole la muerte. Esto sucedió en Nueva York. Peter, había dado muerte a su estrella favorita.... Pero sin seguir los patrones habituales de un homicidio...ya que evitó la publicidad y se negó a dar entrevistas.

Esa mañana, Peter había comprado un ejemplar del libro "El guardián entre el centeno" , donde escribió: "Esta es mi declaración" y la firmó como Holden Caulfield, llevándolo con él. Después del disparo, Peter permaneció en el lugar hasta que llegó la policía.

Yo saqué mi libro y comencé a leerlo por tercera vez... quería entender algo de lo que pudo llevar a Peter a tomar esa decisión tan inexplicable....



RIAL – KATZ 4to. 1a. T.M.